EVANGELION 3.0 Re: Un Mundo Sin Evangelions

 "Lo que vais a leer es una ficción fanática de NGE sustentado en la libertad creativa e interpretativa de Anno, Sadamoto y compañía, no es canónico (Salvo que lo escojas para tu canon personal) y dista de lo que los autores plasmaron en sus versiones de la obra."



En el vasto océano de LCL que cubría la Tierra, el Tercer Impacto había disuelto las fronteras entre las almas. Shinji Ikari, flotando en esa sopa primordial, había vislumbrado infinitos mundos. Uno de ellos era un paraíso escapista: una escuela normal en Tokio-3 donde él, Asuka, Rei y los demás vivían como adolescentes comunes. Sin Angels, sin EVAs, sin el peso aplastante de la soledad. Allí, las risas llenaban los pasillos y las tardes transcurrían en parques soleados, con helados derretidos y confesiones tímidas bajo los cerezos. Pero en el núcleo de esa visión, Lilith le susurraba: "¿Es esto lo que quieres? ¿Una ilusión sin dolor o la crudeza de lo real?".

Shinji rechazó la fusión completa. "No eliminaré este mundo", murmuró en el abismo, "pero crearé uno nuevo. Un mundo sin Evangelions". Sus palabras resonaron como un eco en el vacío y el mar de LCL comenzó a retroceder. La humanidad emergió, fragmentada pero individual, en un planeta renacido. No era el fin, sino un reinicio forzado por la voluntad de un chico que, por primera vez, eligió enfrentar el caos en lugar de huir.

La playa era el umbral. Shinji abrió los ojos ante el sol poniente, con la arena roja bajo sus manos temblorosas. A su lado, Asuka Langley Soryu yacía inmóvil, su cabello anaranjado esparcido como hilos de fuego. El recuerdo de la Instrumentalidad lo golpeó como una ola: la cocina onírica donde ella le había gritado, exigiendo que la enfrentara, que la besara con furia en lugar de piedad. "¡Sé un hombre, idiota!", había rugido, sus ojos ardientes revelando el deseo crudo que siempre había ocultado bajo capas de arrogancia. Y luego, la vergüenza ardiente del hospital, donde su debilidad lo había llevado a un acto egoísta, vulnerando su estado comatoso. "Kimochi warui", había susurrado ella en la playa original, su caricia un bálsamo ambiguo antes del rechazo.

Pero esta vez, algo era diferente. Shinji no la estranguló presa del pánico. En cambio, extendió una mano temblorosa y tocó su mejilla. "Asuka... lo siento. Por todo". Sus ojos se abrieron, azules y furiosos, pero sin el veneno de antes. "Idiota", murmuró ella, incorporándose. "Si vas a disculparte, hazlo en serio". No hubo asco en su voz, solo una fatiga honesta. La Instrumentalidad había disuelto las barreras: sus almas se habían fusionado, exponiendo miedos, deseos y verdades. Shinji había visto el abismo de Asuka —su terror al abandono, su anhelo por ser amada como igual, no como un ídolo—. Y ella había visto el suyo: la culpa paralizante y el amor enterrado bajo capas de autodesprecio.


Se levantaron juntos, tambaleantes en ese mundo postapocalíptico. El horizonte era un lienzo de ruinas y renacimiento; las siluetas de EVAs petrificados se erguían como estatuas olvidadas, inertes para siempre. No más sincronizaciones, no más AT Fields que los separaran. Caminaron hacia el interior, dejando atrás el mar simbólico de la unidad forzada. "En todos esos mundos que vi", confesó Shinji mientras pisaban la hierba fresca que brotaba entre las grietas, "tú eras lo único constante. Mi mayor tesoro. Pero en el real... te abandoné. Te fallé".


Asuka se detuvo, cruzando los brazos. Su expresión era una mezcla de irritación y vulnerabilidad, ya sin la armadura de piloto. "Lo sé, baka. Dios —o lo que sea que fuera Lilith— me lo mostró. Pensé que solo era una herramienta para tus fantasías patéticas. Pero... era porque me amabas, ¿verdad? Profundamente, como un idiota". Sus mejillas se tiñeron de rojo y, por primera vez, no lo negó. En la Instrumentalidad había gritado sus frustraciones: "¡Ayúdame! ¡Dime que me necesitas!". Ahora, en la realidad, esas palabras colgaban entre ellos, libres de filtros.

El nuevo mundo no era idílico como la visión escolar; era crudo. Ciudades derruidas y supervivientes dispersos que emergían del LCL, confundidos y solos. Shinji y Asuka se unieron a un grupo en las afueras de lo que fue Tokio-3, reconstruyendo refugios con manos inexpertas. Shinji, que siempre había huido, ahora plantaba semillas en tierra féil, sudando bajo el sol. Asuka, la prodigio arrogante, preparaba comidas improvisadas, maldiciendo cuando quemaba el arroz, pero riendo cuando Shinji lo comía de todos modos.


Las noches eran el verdadero núcleo de su transformación. Sentados junto a fogatas, las barreras emocionales se disolvían como el LCL. "Gracias por decirme que te gustaba", murmuró Asuka una vez, mirando las estrellas. "Creo que, en esa época, tú también me gustabas". Shinji la miró, sorprendido. Era una confesión tardía, nacida de la exposición total. Hablaron de sus traumas: el rechazo de sus madre, la ausencia de ambas, la presión de pilotar y aquel acto en el hospital que aún dolía como una cicatriz. "Fue egoísta", admitió él con voz quebrada. "No te merecías eso". Ella suspiró, apoyando la cabeza en su hombro. "No, no lo merecía. Pero... lo entiendo. Éramos un desastre. Ahora podemos ser algo más".


El amor floreció en ese maduraje forzado. No era el romance idealizado de los mundos alternos —sin besos apasionados en aulas soleadas—, sino uno forjado en la realidad. Shinji aprendió a ser asertivo: defendió a Asuka cuando un superviviente la subestimó, ganándose una sonrisa genuina. Asuka bajó sus defensas, permitiéndose llorar en sus brazos tras un sueño sobre su madre. Sus cuerpos se acercaron en la intimidad de una tienda compartida, no por desesperación, sino por elección. Los besos tentativos se volvieron profundos; toques que sanaban en lugar de herir. "En este mundo", susurró Shinji una noche, entrelanzando sus dedos, "no hay EVAs. Solo nosotros".

Pasaron los años en ese renacimiento. La humanidad se reorganizó y ciudades verdes surgieron de las ruinas. Shinji y Asuka crecieron: él se convirtió en un líder tranquilo en comunidades agrícolas; ella, en una ingeniera innovadora que usaba su intelecto para crear herramientas cotidianas en lugar de armas. Su relación era imperfecta —discusiones ardientes, reconciliaciones apasionadas—, pero auténtica. Habían elegido la individualidad con todo su dolor y su belleza. En un atardecer, parados en una colina frente al mar, Asuka lo besó. "No es perfecto, pero es real. Y te elijo a ti, idiota".

El mundo sin Evangelions era suyo: un tapiz de amor, aceptación y madurez, tejido desde las cenizas del Impacto.


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